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Bienestar emocional

LÍMITES, TAN INVISIBLES QUE ACABAN DESAPARECIENDO

Poner límites no consiste en controlar lo que hace otra persona, sino en reconocer qué necesitamos proteger y decidir cómo actuaremos cuando algo importante para nosotras se vea comprometido.

Cómo identificar y mantener límites desde nuestro bienestar

Hay veces que los límites son como los propósitos de año nuevo, difusos y con tendencia a desaparecer.

Hay ocasiones en las que los límites se sobrepasan y podemos no darnos cuenta en el momento o no saber cómo actuar. Entonces, aparecen sentimientos de culpa, vergüenza o frustración.

Poner límites puede ser difícil, y al igual que los propósitos, mantenerlos puede serlo aún más. Incluso nos puede resultar más difícil dependiendo de la persona con la que los establecemos.

Esto ocurre porque poner un límite no depende únicamente de saber qué nos molesta. También entran en juego el miedo al conflicto, la posibilidad de decepcionar a alguien o lo que hemos aprendido sobre decir que no. Podemos detectar cierto malestar y, aun así, restarle importancia para evitar las consecuencias que imaginamos que tendría expresarlo.

Y bien, ¿cómo pongo entonces límites y hago más probable que se respeten?

Un límite no es una forma de controlar a la otra persona

En terapia, a nosotras nos gusta conceptualizar los límites como una barrera protectora que nos ponemos, no como una barrera fronteriza para la otra parte. Por eso, los límites se establecen en una relación, no se «ponen» a una persona.

Si entendemos el límite como una norma que la otra persona debe obedecer, nuestro bienestar queda dependiendo por completo de lo que ella decida hacer. Podemos expresar lo que necesitamos o pedir un cambio, pero no controlar su respuesta.

Por ejemplo, no es lo mismo decir «no puedes gritarme» que expresar: «Si empiezas a gritarme, voy a detener la conversación y podremos retomarla cuando podamos hablar sin gritos». En el segundo caso, comunicamos qué necesitamos y qué haremos nosotras si la situación continúa.

Si lo comprendemos así, empezamos a poner límites partiendo de nuestro bienestar y no desde lo que la otra persona haga. Eso hace más probable que identifiquemos cuándo algo se acerca a ese límite.

Identificar aquello que queremos proteger

No siempre conocemos de antemano todos nuestros límites. Muchos aparecen al relacionarnos y observar qué efecto tienen ciertas situaciones en nosotras. La incomodidad, el enfado o la frustración pueden servirnos como señales para detenernos, aunque no demuestren por sí solos que alguien haya actuado mal ni nos indiquen automáticamente qué hacer.

Puede ayudarnos preguntarnos qué ha sucedido, qué parte concreta nos ha generado malestar, si se trata de algo puntual o de un patrón y qué necesitaríamos para permanecer en esa situación sin dejarnos de lado.

¿Y en términos prácticos?

Piensa en cosas que tú no estás dispuesta a experimentar o que hayas experimentado y no estés dispuesta a que vuelvan a suceder, y coloca ahí el límite.

Después, trata de concretar qué parte depende de ti: qué necesitas comunicar, qué petición puedes hacer y cómo actuarás si vuelve a suceder. Un límite no termina al expresarlo; mantenerlo implica que nuestra respuesta sea coherente con aquello que hemos dicho que necesitamos proteger.

Mantener un límite también puede resultar incómodo

Sostener un límite puede despertar culpa, miedo a la reacción de la otra persona o dudas sobre si estamos siendo demasiado exigentes. La aparición de ese malestar no significa necesariamente que el límite sea injusto. A veces solo indica que estamos actuando de una manera diferente a la habitual y entrando en contacto con consecuencias que antes intentábamos evitar.

Los límites tampoco tienen que ser completamente rígidos. Pueden cambiar con el contexto, el momento y la relación. Sin embargo, flexibilizar un límite no es lo mismo que abandonarlo sistemáticamente para evitar el malestar de otras personas. Puede ser útil preguntarnos no solo si podemos ceder, sino desde dónde lo hacemos y qué coste tiene para nosotras.

No pasa nada si a priori es difícil, es un trabajo que requiere tiempo y, en muchas ocasiones, experiencias. Pero seguro que ya puedes establecer unos cuantos límites enfocados a tu bienestar.